martes, 23 de agosto de 2016

LAS CUIDADORAS





                                                             LAS  CUIDADORAS



Algunos elementos han caracterizado las vidas de las mujeres mayores y, por lo tanto, han marcado sus vidas como mujeres ancianas. Estas circunstancias vitales tienen un denominador común que se concreta en la entrega gratuita del tiempo personal –a través de las tareas de crianza y cuidado– que está en el origen de la débil posición económica con que muchas de ellas se encuentran en su edad mayor. Sin embargo, también es cierto que las privaciones más importantes con que se enfrentan las mujeres al envejecer tienen su origen en los estereotipos sociales acerca de la vejez que las limitan e invisibilizan y en los pensamientos y las ideas que ellas mismas mantienen acerca de la edad mayor, que las inducen a la desmoralización.
Pocas investigaciones se centran en los múltiples roles que habitualmente desempeñan las mujeres y sobre los efectos nocivos que producen la acumulación de cometidos diversos y simultáneos a los que se ven sometidas a lo largo de su vida, especialmente en la parte central de ésta, en la que se superpone la crianza de sus hijas e hijos, con el cuidado de sus padres y madres ya mayores, el funcionamiento de un hogar y el desenvolvimiento eficaz en el mundo público. La falta de un apoyo sistemático y eficaz supone un alto nivel de estrés para las mujeres.


  A las mujeres se las considera las cuidadoras fundamentales de la especie humana; sin embargo, son cuidadoras sin contrapartida. Todas las mujeres hacen este tipo de trabajo en algún momento de su vida, lo cual tiene efectos decisivos y permanentes para ellas. Difícilmente se pueden liberar de este destino, dado el peso de la presión social y cultural que les asigna el deber y el imperativo de la crianza y del cuidado. Las mujeres son el estado de bienestar de las personas de su entorno. Este papel persiste en nuestra cultura. La función de cuidado, a lo largo de la vida, supone un alto coste de tiempo y de pérdida de oportunidades. Tiempo que no dedican a sí mismas, a su formación personal, profesional e intelectual. El dinero que las mujeres dejan de ganar por ello es una parte crucial del coste de oportunidad de su trabajo no pagado y de las discriminaciones que se refuerzan mutuamente en el mercado de trabajo. A las hijas les “tocan” las madres y los padres mayores –especialmente cuando la hija no tiene cargas maritales–. El cuidado de otras personas acarrea un gran estrés, pérdida en la calidad de vida, empeoramiento de la percepción de la propia salud, cansancio y falta de tiempo para los asuntos personales de toda índole La dependencia económica de las mujeres, originada en sus opciones afectivas tempranas y perpetuada a través de la dependencia que de ella tienen las demás personas, es la causa principal de su pobreza en la vejez. Es el precio de esta responsabilidad: una “dependencia inversa” que resulta invisible y muy negativa para las mujeres en la edad mayor. ¿Son ellas las mantenidas o las que mantienen? Es el trabajo gratuito de las mujeres en el hogar el que permite que el resto de la familia se sitúe en el trabajo asalariado. El diseño profesional y económico que históricamente han llevado a cabo acerca de sus vidas –que se fragua en la adolescencia y se consolida con el matrimonio– se convierte en el mayor obstáculo para la calidad de su vejez.


Las mujeres entierran su capital de partida en el matrimonio. El matrimonio incrementa el patrimonio de los hombres y empobrece a las mujeres; mejora la calidad de vida de ellos y empeora la salud y la economía global de ellas. Esta desventaja económica se fundamenta en su exclusiva orientación hacia la familia en los mejores años de la vida, lo cual las aboca a un empobrecimiento progresivo.
concentran en ocupaciones peor pagadas, a tiempo parcial, entran y salen del mercado laboral y consideran su aportación económica a la familia como un complemento, de manera que el sueldo que obtienen de su trabajo remunerado ayuda a evitar la pobreza de la familia, pero no su pobreza individual . En definitiva, podemos decir con Adrienne Rich que las jóvenes “no se toman en serio” en los momentos en los que el diseño de su vida futura está en juego .-


Anna Freixas Farré.-
Universidad de Córdoba 

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