miércoles, 14 de septiembre de 2016

EL RECURSO DEL HUMOR



                                     
                                                   El recurso del humor...


Cuando uno se da cuenta de la cantidad de escaleras que hay en los lugares en que vivimos: las ciudades, los shoppings, las oficinas, ministerios, cines, teatros, restaurantes y hasta baños públicos por los que debemos transitar, es ahí cuando uno se da cuenta de que lo
que antes era obvio y normal ahora es conflictivo y arriesgado.


Cuando uno tropieza con obstáculos en calles, casas y lugares públicos y, en lugar de levantarse cual resorte, se queda hecho polvo en el piso y necesita la grúa municipal y diez manos amigas para incorporarse rezando por no haberse quebrado un osteoporósico huesito, ahí la fiera venganza del tiempo, tanguera y discepoliana, se nos presenta sin maquillaje, mostrándonos nuestro DNI con una fecha que nos tira a la cara el tiempo transcurrido desde el primer llanto hasta la actualidad.


Esos autos bajísimos de diseño aerodinámico concebido para ágiles
japoneses sin colesterol, que tienen puertas que no se abren del todo
como para que un paquidermo reumático ponga sus dos extremidades inferiores en unos cordones de vereda de alturas variables y poca seguridad, y deba recurrir a sus reumáticos brazos para agarrarse del techo del coche, hacer fuerza con su cola mocha, con alguna que otra vértebra conflictiva haciéndose sentir con una puntadita no muy sutil, para emerger tambaleante a una vereda donde un grupo de transeúntes miran con cierta lástima al geronte y alguno hasta se atreve a decir
¿lo ayudo? o, peor aún, ¿está bien?

Momentos de hondo dramatismo se producen cuando ya no se pueden leer ni con anteojos los prospectos de los remedios que nos recetan con esa letrita diminuta que antes descifrábamos con cierta facilidad.


Ni hablar cuando nos hablan y no oímos y para disimular sonreímos y decimos sí, sí, qué bien. Y lo que nos han dicho es ¿te enteraste deque se murió tía Pepa?


Atragantándonos con todo lo que comemos; agitándonos por una escalera de pocos peldaños; inventando lo que mal se oye; confundiendo a tu suegra con una vaca; llevándonos puestas puertas de vidrio; no atinando a marcar un número correcto en un celular (eso a mí no me ocurre, no por joven, sino porque aún no tengo uno de esos aparatitos), no embocando la llave en la cerradura, no como después de aquellas curdas juveniles en el picnic de la primavera regresando a casa tratando de no hacer ruido para no despertar a los viejos, sino por chicato que no quiere despertar a nadie, y tropieza con cuanto encuentra a su paso, desvelando a familiares o vecinos con portazos ymaldiciones estentóreas.


Pero no hay que quejarse tanto. 
Hoy en día hay muchas maneras de prevenir esos males: gimnasia, dietas, chequeos, antioxidantes, terapias ortomoleculares, yoga, meditación y demás bellezas de estas épocas turbulentas donde vivimos más y, al llegar a los 80, las sociedades no pueden mantenernos y terminamos sobrando . 
Todo es cuestión de adaptación y filosofía de vida.
Cada edad tiene su encanto, sólo que algunas tienen encantos muy
escondidos y uno tiene que hacer grandes esfuerzos para encontrarlos.

Enrique Pinti
Humorista argentino.- 

COMO NUEVAS...





                                Como nuevas...

Si miramos...podemos detectar la aparición de una franja social que antes no existía: la gente que hoy tiene alrededor de sesenta años .  Generación que ha pateado fuera del idioma la palabra "sexagenario", porque sencillamente no tiene entre sus planes envejecer.

Se trata de una verdadera novedad demográfica, parecida a la aparición, en su momento, de la adolescencia, también una franja social nueva que surgió a mediados del siglo veinte para dar identidad (y vigor inextinguible, parece) a una masa de niños desbordados en cuerpos crecidos que literalmente no sabían hasta entonces dónde meterse o cómo vestirse.

Este grupo que hoy tiene alrededor de sesenta (70), ... ha llevado una vida razonablemente satisfactoria.
Trabaja desde hace mucho tiempo y ha logrado cambiar el significado tétrico que tanta literatura rioplatense le dio durante décadas al concepto del trabajo. Lejos de las tristes oficinas de Juan Carlos Onetti o Roberto Arlt, esta gente encontró hace mucho la actividad que más le gusta, y se gana la vida con eso. Ni sueña con jubilarse.

Dentro de este universo de personas saludables, curiosas y activas, gente de sesenta (70) la mujer tiene un papel rutilante.
Trae décadas de experiencia en hacer su voluntad y ocupar lugares que su madre no había ocupado.
Pudo sobrevivir a la borrachera de poder que le dio el feminismo y en determinado momento se detuvo a reflexionar para preguntarse qué quería en realidad.

Algunas volvieron a casa y tuvieron hijos. 
Otras se quedaron a dirigir la compañía o salieron a vender cosméticos.
Cada una hizo su voluntad.

En el cine se ve claramente cómo Meg Ryan y Helen Hunt toman decisiones y diseñan su propia vida, cómo exploran las opciones y pagan los costos. Sin embargo, con las mujeres de sesenta las cosas no están tan claras. La idea, supongo, es mostrarlas atractivas y encantadoras, pero en cambio aparecen en la pantalla unas damas nerviosas y obsesivas, sentimentalmente necesitadas y tecnológicamente incultas; en algunos casos, con hambre sexual o propensas a los desbordes, por ejemplo de llanto.

Reconozcamos que no es un asunto fácil y las mismas mujeres lo van diseñando día a día, como han hecho siempre. Pero algunas cosas ya podrían darse por sabidas.

Por ejemplo: la mujer de sesenta maneja la computadora. Se escribe –y se ve– con los hijos que están lejos, la usa en su negocio, o es dueña de una compañía de computación.

Por lo general, está satisfecha con su estado civil, y, si no lo está, tiende a cambiarlo. Es muy raro que se deshaga en llanto por un asunto sentimental. A los sesenta, los asuntos sentimentales son juegos de alta gama. A diferencia de los jóvenes, los grandes conocen y ponderan todos los riesgos. Nadie se pone a llorar cuando pierde: sólo reflexiona y toma nota.

La gente grande comparte la devoción general por la juventud y sus formas superlativas, casi insolentes de belleza, pero no se da por retirada. Compite de otra forma. Cultiva un estilo. Contra la estatura prodigiosa de Uma Thurman o el escote de Monica Bellucci, Diane Keaton (61) se viste hasta el cuello de blanco y trae una sonrisa iluminada por la inteligencia.


Las que fuimos jóvenes en los años sesenta vamos a ser jóvenes para siempre, dicen los mismos protagonistas. Todo indica que tienen razón. Los jóvenes de los años sesenta pasaron la experiencia fundacional del rock and roll y la píldora anticonceptiva; rompieron los esquemas tradicionales de la familia para volver después a ella, pero ahora convencidos. Las mujeres tienen hijos a la edad que se les da la gana y, lo que es muy interesante, muchas veces se les da la gana de no tener hijos.

Es una nueva edad, que todavía no tiene nombre. Se recuerda la juventud y el propio esplendor, tal vez, pero sin nostalgias, porque la juventud también está llena de caídas e incertidumbre. La gente de sesenta, hoy, saluda al sol cada mañana de su vida y sonríe para sí por alguna razón secreta.


 Cecilia Absatz
 La Nación.-

LO AFIRMO SARAMAGO...







                                      Lo afirmò  Saramago....


Qué cuántos años tengo? -
 ¡Qué importa eso !
 ¡Tengo la edad que quiero y siento!
 La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
 Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido..
. Pues tengo la experiencia de los años vividos
 y la fuerza de la convicción de mis deseos.
 ¡Qué importa cuántos años tengo!
 ¡No quiero pensar en ello!
 Pues unos dicen que ya soy viejo,
 y otros "que estoy en el apogeo".
 Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
 sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
  Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,
 para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
> rectificar caminos y atesorar éxitos.
  Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!...
 ¡Estás muy viejo, ya no podrás!... 
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, 
pero con el interés de seguir creciendo.
 Tengo los años en que los sueños,
 se empiezan a acariciar con los dedos,
 las ilusiones se convierten en esperanza. 
 Tengo los años en que el amor,
 a veces es una loca llamarada,
 ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
 y otras... es un remanso de paz, como el atardecer en la playa..
 ¿Qué cuántos años tengo?
 No necesito marcarlos con un número,
 pues mis anhelos alcanzados,
 mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas...
 ¡Valen mucho más que eso!
 ¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
 Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos
 ¿Qué cuántos años tengo?
 ¡Eso!... ¿A quién le importa?
 Tengo los años necesarios para perder ya el miedo
 y hacer lo que quiero y siento!!.
 Qué importa cuántos años tengo.
 o cuántos espero, si con los años que tengo,
 ¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!

- . -


“Yo tengo ideas para novelas, ella tiene ideas para la vida”.
Los relojes en la casa de José Saramago están detenidos a las 4 de la tarde, hora en la que el escritor se citó por primera vez con su esposa Pilar: “Eso no significa que el tiempo se haya quedado ahí, sino que es como si el reloj marcara la hora en la que el mundo empezó”.
El escritor portugués decía que todo lo bueno en su vida vino a ocurrirle tarde, refiriéndose a su faceta formal de escritor y, por supuesto, al amor. Saramago conoció a María del Pilar a la edad de 63 años, un 14 de junio de 1986,  cuando la intrépida periodista se atrevió a citar al escritor, así, sin mayor intención que conocerlo. Meses después Pilar recibió una carta de Saramago pidiéndole volverse a ver, y a partir de ese momento el escritor y la periodista se unieron para construir su propia historia.
Desde ese entonces, Pilar se volvió su compañera de vida, su mano derecha, gracias a sus traducciones todos los que hablamos español tuvimos la oportunidad de deleitarnos con la obra del excelso escritor. Pilar tradujo todas las novelas de Saramago, a partir de Ensayo sobre la ceguera. Siempre se complementaron.  
Como haciéndole un homenaje al concepto de isla que tantas veces mencionó el autor en su filosofía, Lanzarote, isla del archipiélago canario español, fue el lugar que Pilar y Saramago eligieron para vivir, tras haber radicado en Lisboa, después de su matrimonio celebrado en 1988.



Pilar se enamoró primero de la literatura de Saramago y después de conocerlo descubrió que él era como sus libros: un hombre sumamente interesante, un escritor disciplinado, humilde y apasionado que se autodeclaraba callado y melancólico, de pocos amigos pero de grandes lealtades. Sin duda, un humano ya añejado por un sinfín de experiencias, y con un entendimiento del amor más maduro también; así lo declaraba el escritor:
“El amor tampoco es una cosa que pueda ocurrir a los 18 años y mantenerse de la misma forma hasta los 80. Uno tiene dos, tres, o cinco, y a veces más amores en su vida, y todos son eternos. 
Pero a los 63 años, cuando he conocido a Pilar, todo lo que antes había llamado amor —incluso cuando fuera apasionado, loco, imbécil, tonto, disparatado—, todo eso en el fondo era nada si lo comparaba con lo que me estaba ocurriendo tras el encuentro con esta mujer, extraordinaria desde todos los puntos de vista. Aunque parezca un poco dura, es la bondad en persona, en un sentido muy claro para ella: está en el mundo para ayudar”.

Pilar es una mujer de carácter fuerte y determinado, un árbol con las raíces bien plantadas que ayudó a florecer el lado humano y profesional de Saramago. Aunque fue criticada por muchos, ella jamás soltó el brazo de su esposo; cual madre con su hijo, siempre cuidó del escritor; con mano recia apuntaba con el dedo el próximo destino de Saramago, y así viajaron juntos por todo el mundo, saciando a las multitudes que aclamaban sus libros y que esperaron horas por una firma.
Así fue hasta que los andares de la vida, combinados con la edad, comenzaron a cobrar factura a Saramago, y así fue que recibió la llegada del año 2008 en la camilla de un hospital. La prensa ya preparaba las esquelas, pero meses después el escritor se recuperó y salió a terminar El viaje del elefante, y como habría de esperarse, Saramago agradeció:
 “A Pilar, que no dejó que yo muriera”.

Sin embargo, nadie es eterno, ni siquiera aquellos que hacen cosas eternas. El 18 de junio del 2010 fue el último día de Saramago. Pilar aún recuerda la pregunta que días antes el escritor le hizo mientras desayunaban: “Somos felices, ¿verdad?”. Y así se fue un grande: “de haber estado y no estar”.
Pilar le hizo honor a su nombre y justo eso fue en las últimas tres décadas de vida de Saramago: Pilar, la que lo defendía a capa y espada; Pilar, la que preparaba las maletas; Pilar, la que agendaba los viajes; Pilar, la mujer en la que Saramago escribió sus últimas líneas…
A Pilar, hasta el último instante”
“A Pilar, los días todos”
“A Pilar, mi casa”
“A Pilar, que no dejó que yo muriera”
“A Pilar, como si dijera agua”.
… porque gracias a su inteligencia, su capacidad creativa, a su sensibilidad y también a su tenacidad, la vida de este escritor ha podido ser, más que la de un autor de razonable éxito, la de una continua ascensión humana…”

“A Pilar, que todavía no había nacido y tanto tardó en llegar”.






martes, 13 de septiembre de 2016

VEJEZ Y SERENIDAD





                             Vejez y Serenidad


Hemos llegado a un momento del mundo y sus desbordes, en que parece no estar bien visto eso de tener muchos años.
La expresión “anti-aging” alude a ofrecer métodos, técnicas y recursos para aparentar menos edad de la que se tiene.  Pero, por suerte, hay – habemos – muchos que en lugar de emplear todas nuestras fuerzas en eludir al envejecimiento y sus signos,  preferimos rescatar concientemente la vida que late y brilla entre las arrugas o la flaccidez.  En realidad somos los que hemos decidido sumar al arte de envejecer para vivir este proceso  a pleno, en lugar de vivirlo en contra.
Mucho se ha escrito sobre el “arte de envejecer”,  las reflexiones en general apuntan hacia aquellas cuestiones que se nos plantean en este estadio de la vida,  con preguntas comunes para todos:  còmo transcurre?, dónde me encuentro en este momento?,  què me espera?, còmo me puedo preparar para eso que me espera? , què está en mi mano hacer  y què no?
La naturaleza ha hecho lento este proceso, y asì es con una finalidad:  ayudar a la vida que viene detrás de nosotros, aportándoles todo nuestro saber y nuestra experiencia.
Este proceso de envejecer nos permite descubrir recursos que nos pueden hacer la vida más fácil y más rica, y  uno de ellos es la SERENIDAD.
No una apariencia de serenidad, sino algo autèntico y profundo, para lo que el primer paso de este sendero es la disposición a reflexionar sobre las etapas de la vida, reconocer que dicha reflexión no es la misma en cada una de ellas, y comprender las características propias de los años de la vejez y del envejecimiento,  y de ese modo lograr sea más fácil que nos dejemos atrapar por la serenidad.-
Comparar la vida con un dìa normal  en que la mañana está cargada de energía,  asociándolo al primer cuarto de nuestra existencia, en el que todo está abierto y por venir,  con un lema común que podría expresarse en: “yo puedo ser esto, si quisiera”, ya que el campo de posibilidades ante nuestra vista, es prácticamente ilimitado:
Sobre los treinta años ubicaríamos el segundo cuarto de la vida,  y la pregunta fundamental es: “què planes se pueden realizar aùn?”.  Y, al llegar a los cincuenta, se alcanza la mitad de la vida:  aquí, la Serenidad sólo es posible si estamos dispuestos a dejarnos llevar por la transición que supone.  Ahora, nuestra mirada cambia de objetivo, y paulatinamente vamos sustituyendo el futuro por el pasado, preguntándonos còmo ha transcurrido nuestra vida y què hemos hecho y logrado hasta hoy.


Cuando ya nos encontramos con los sesenta años, estamos en el tercer cuarto de la vida, y para lograr esa ansiada y necesaria serenidad ,  deberíamos adquirir conocimientos sobre las peculiaridades de esta etapa,  mantener una actitud abierta y receptiva a los cambios asociados a la edad y,  comprender y aceptar los retos que los años traen consigo.
La fuerza de nuestro espíritu   y la salud menor o mayor de nuestro organismo, nos permitirá continuar afirmando “yo puedo”, aunque nos rebelemos ante el cierre de muchas alternativas que se nos presentan.
Serenidad ahora,  es reconciliarse con la palabra “aùn”:  “aùn tienes buen aspecto”, “aún estás en buena forma”,  “aùn mantienes la cabeza clara”.  Y  esto  no siempre es fácil de aceptar, porque se trata de còmo nos ven los demás, y nó como nos sintamos nosotros.
Vendrán a nuestro auxilio, las costumbres, los hábitos que tengamos y que deberíamos intentar mantener por la sencilla razón de que son conocidos y tienen nuestra confianza, para lo que no debemos emplear fuerzas extras, cuando ya nos encontramos en el cuarto cuarto de la vida.- 
Disfrutar de esas costumbres fiables y contenedoras no significa negarse a introducir cambios, novedades, manteniendo la curiosidad y permitir que nos seduzcan las delicias que la vida aùn nos brinda cada dìa.  Los recuerdos y la nostalgia, el placer de comunicarlos y compartirlos, las charlas con amigos y amigas,  y descubrir el placer de no hacer nada, si es lo que deseamos en ese momento.
La Serenidad nos justifica el deseo de no correr detrás de todos  los placeres, como antaño, porque no todo es placer en la vida.
La Serenidad, también, nos protegerá para eludir  la depresión, la melancolía, aceptando en cambio – serenamente – lo inevitable, parte ineludible de cualquier experiencia vital.-

Son muchos los recursos a los que acudir, y uno de ellos es no huir del contacto físico, reconocerlo como un modo de estímulo no sòlo físico, sino espiritual.  Este contacto puede ser similar al placer de observar un paisaje hermoso, escuchar una vieja melodía, saborear un exquisito manjar.-
Las relaciones que hemos cultivado durante toda la vida, pueden estar aún cercanas y disponibles, la pareja, los amigos, los hijos, los nietos ,  los familiares más cercanos.   Continuar  desarrollando ese entramado de vínculos  o inaugurar alguno diferente; nuevos amigos, conocidos con quienes departir y compartir.
Todo lo anterior nos aviva el conocimiento,  el afán de conocer más respuestas y poder brindar las que hemos aprendido de nuestra propia experiencia.  No se trata de encontrarle el sentido a la vida, sino del sentido EN la vida,   el còmo y por què hemos hecho lo que hicimos, el sentido de los fenómenos y las experiencias propias y también ajenas que nos han influido.
Maravilloso sería – y lo es – poder observar todo el escenario, lo negativo y lo positivo sin juzgar;  el tribunal supremo de la existencia somos nosotros mismos ante nosotros mismos, solo ante nosotros a esa altura de la vida, se pueden justificar hechos, aciertos y errores.
El lograr estar de acuerdo con lo realizado será motivo de alegría, la que – desde luego – no podemos esperar sea permanente (nada lo es!) sino la sensación de plenitud, de sentirse lleno, de haber recorrido un sendero y haberlo hecho a nuestro modo, hasta hoy.

La Serenidad, en fin, nos proporcionará la posibilidad de la aceptación que, gozosa o nò, será lo que hemos logrado por y para nosotros mismos.


Más adelante…? más adelante  continùa el sendero  hacia el Todo que cada uno conciba.-

Fuente:
Sosiego. El arte de envejecer
Wilhelm Schmid.-